Abscesos: qué son, cómo se tratan y cuándo requieren cirugía
Un absceso es una acumulación de pus dentro de un tejido, causada por una infección bacteriana. Aunque puede parecer un problema menor, si no se trata adecuadamente puede propagarse y generar complicaciones serias. El drenaje oportuno es clave para una recuperación sin contratiempos.
¿Qué causa un absceso?
Los abscesos se forman cuando el sistema inmunológico intenta contener una infección bacteriana que no se ha controlado. Las causas más comunes incluyen heridas o cortes infectados, glándulas bloqueadas o infectadas, inyecciones con técnica inadecuada, infecciones dentales, cutáneas o internas (como las que afectan el hígado, pulmón o abdomen).
Síntomas que debes reconocer
Los signos más comunes de un absceso son dolor localizado e intenso, hinchazón, enrojecimiento y calor en la zona afectada, sensibilidad al tacto, fiebre o malestar general (especialmente en abscesos profundos) y, en algunos casos, salida espontánea de pus. Cuando el absceso es interno, pueden aparecer molestias abdominales, náuseas o sensación de malestar generalizado.
¿Cómo se trata un absceso?
El tratamiento principal es el drenaje quirúrgico: una pequeña incisión sobre la zona permite la salida del pus acumulado, aliviando la presión y el dolor. Después se limpia la cavidad y, según el caso, se coloca un apósito o drenaje temporal para facilitar la expulsión del líquido restante. Se complementa con antibióticos para controlar la infección y prevenir recurrencias.
¿Cuándo es urgente la intervención?
La cirugía está indicada cuando el absceso no mejora con antibióticos, cuando la acumulación de pus es profunda o de gran tamaño, cuando hay fiebre persistente o dolor intenso, o cuando existe riesgo de que la infección se disemine a estructuras vecinas o a la sangre (sepsis). En estos casos, la intervención rápida es determinante.
